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sábado, 1 de noviembre de 2008

El móvil de Hansel y Gretel


Anoche le contaba a la Nina un cuento infantil muy famoso, el Hansel y Gretel de los hermanos Grimm. En el momento más tenebroso de la aventura los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan, un sistema muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer. Mi hija me dice, justo en ese punto de clímax narrativo: “No importa. Que lo llamen al papá por el móvil”.


Yo entonces pensé, por primera vez, que mi hija no tiene una noción de la vida ajena a la telefonía inalámbrica. Y al mismo tiempo descubrí qué espantosa resultaría la literatura —toda ella, en general— si el teléfono móvil hubiera existido siempre, como cree mi hija de cuatro años. Cuántos clásicos habrían perdido su nudo dramático, cuántas tramas hubieran muerto antes de nacer, y sobre todo qué fácil se habrían solucionado los intríngulis más célebres de las grandes historias de ficción.


Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica, en cualquiera que se le ocurra. Desde la Odisea hasta Pinocho, pasando por El viejo y el mar, Macbeth, El hombre de la esquina rosada o La familia de Pascual Duarte. No importa si el argumento es elevado o popular, no importa la época ni la geografía. Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica que conozca al dedillo, con introducción, con nudo y con desenlace. ¿Ya está? Muy bien. Ahora ponga un teléfono móvil en el bolsillo del protagonista. No un viejo aparato negro empotrado en una pared, sino un teléfono como los que existen hoy: con cobertura, con conexión a correo electrónico y chat, con saldo para enviar mensajes de texto y con la posibilidad de realizar llamadas internacionales cuatribanda.


¿Qué pasa con la historia elegida? ¿Funciona la trama como una seda, ahora que los personajes pueden llamarse desde cualquier sitio, ahora que tienen la opción de chatear, generar videoconferencias y enviarse mensajes de texto? ¿Verdad que no funciona un carajo? La Nina, sin darse cuenta, me abrió anoche la puerta a una teoría espeluznante: la telefonía inalámbrica va a hacer añicos las nuevas historias que narremos, las convertirá en anécdotas tecnológicas de calidad menor. Con un teléfono en las manos, por ejemplo, Penélope ya no espera con incertidumbre a que el guerrero Ulises regrese del combate. Con un móvil en la canasta, Caperucita alerta a la abuela a tiempo y la llegada del leñador no es necesaria. Con telefonito, el Coronel sí tiene quién le escriba algún mensaje, aunque fuese spam. Y Tom Sawyer no se pierde en el Mississippi, gracias al servicio de localización de personas de Telefónica. Y el chanchito de la casa de madera le avisa a su hermano que el lobo está yendo para allí. Y Gepetto recibe una alerta de la escuela, avisando que Pinocho no llegó por la mañana. Un enorme porcentaje de las historias escritas (o cantadas, o representadas) en los veinte siglos que anteceden al actual, han tenido como principal fuente de conflicto la distancia, el desencuentro y la incomunicación. Han podido existir gracias a la ausencia de telefonía móvil.


Ninguna historia de amor, por ejemplo, habría sido trágica o complicada, si los amantes esquivos hubieran tenido un teléfono en el bolsillo de la camisa. La historia romántica por excelencia (Romeo y Julieta, de Shakespeare) basa toda su tensión dramática final en una incomunicación fortuita: la amante finge un suicidio, el enamorado la cree muerta y se mata, y entonces ella, al despertar, se suicida de verdad. (Perdón por el espoiler.)


Si Julieta hubiese tenido teléfono móvil, le habría escrito un mensajito de texto a Romeo en el capítulo seis:

M HGO LA MUERTA,
PERO NO STOY MUERTA.
NO T PRCUPES
NIHGAS IDIOTCES.
BSO.

Y todo el grandísimo problemón dramático de los capítulos siguientes se habría evaporado. Las últimas cuarenta páginas de la obra no tendrían gollete, no se hubieran escrito nunca, si en la Verona del siglo catorce hubiera existido la promoción “Banda ancha móvil” de Movistar.

Muchas obras importantes, además, habrían tenido que cambiar su nombre por otros más adecuados. La tecnología, por ejemplo, habría desterrado por completo la soledad en Aracataca y entonces la novela de García Márquez se llamaría ’Cien años sin conexión’: narraría las aventuras de una familia en donde todos tienen el mismo nick (buendia23, a.buendia, aureliano_goodmornig) pero a nadie le funciona el messenger.


La famosa novela de James M. Cain —’El cartero llama dos veces’— escrita en 1934 y llevada más tarde al cine, se llamaría ’El gmail me duplica los correos entrantes’ y versaría sobre un marido cornudo que descubre (leyendo el historial de chat de su esposa) el romance de la joven adúltera con un forastero de malvivir.


Samuel Beckett habría tenido que cambiar el nombre de su famosa tragicomedia en dos actos por un título más acorde a los avances técnicos. Por ejemplo, ’Godot tiene el teléfono apagado o está fuera del área de cobertura’, la historia de dos hombres que esperan, en un páramo, la llegada de un tercero que no aparece nunca o que se quedó sin saldo.


En la obra ’El jotapegé de Dorian Grey’, Oscar Wilde contaría la historia de un joven que se mantiene siempre lozano y sin arrugas, en virtud a un pacto con Adobe Photoshop, mientras que en la carpeta Images de su teléfono una foto de su rostro se pixela sin remedio, paulatinamente, hasta perder definición.


La bruja del clásico ’Blancanieves’ no consultaría todas las noches al espejo sobre “quién es la mujer más bella del mundo”, porque el coste por llamada del oráculo sería de 1,90€ la conexión y 0,60€ el minuto; se contentaría con preguntarlo una o dos veces al mes. Y al final se cansaría.


También nosotros nos cansaríamos, nos aburriríamos, con estas historias de solución automática. Todas las intrigas, los secretos y los destiempos de la literatura (los grandes obstáculos que siempre generaron las grandes tramas) fracasarían en la era de la telefonía móvil y del wifi. Todo ese maravilloso cine romántico en el que, al final, el muchacho corre como loco por la ciudad, a contra reloj, porque su amada está a punto de tomar un avión, se soluciona hoy con un SMS de cuatro líneas. Ya no hay ese apuro cursi, ese remordimiento, aquella explicación que nunca llega; no hay que detener a los aviones ni cruzar los mares. No hay que dejar bolitas de pan en el bosque para recordar el camino de regreso a casa.


La telefonía inalámbrica —vino a decirme anoche la Nina, sin querer— nos va a entorpecer las historias que contemos de ahora en adelante. Las hará más tristes, menos sosegadas, mucho más predecibles.


Y me pregunto, ¿no estará acaso ocurriendo lo mismo con la vida real, no estaremos privándonos de aventuras novelescas por culpa de la conexión permanente? ¿Alguno de nosotros, alguna vez, correrá desesperado al aeropuerto para decirle a la mujer que ama que no suba a ese avión, que la vida es aquí y ahora? No. Le enviaremos un mensaje de texto lastimoso, un mensaje breve desde el sofá. Cuatro líneas con mayúsculas. Quizá le haremos una llamada perdida, y cruzaremos los dedos para que ella, la mujer amada, no tenga su telefonito en modo vibrador.


¿Para qué hacer el esfuerzo de vivir al borde de la aventura, si algo siempre nos va a interrumpir la incertidumbre? Una llamada a tiempo, un mensaje binario, una alarma. Nuestro cielo ya está infectado de señales y secretos: cuidado que el duque está yendo allí para matarte, ojo que la manzana está envenenada, no vuelvo esta noche a casa porque he bebido, si le das un beso a la muchacha se despierta y te ama. Papá, ven a buscarnos que unos pájaros se han comido las migas de pan.


Nuestras tramas están perdiendo el brillo —las escritas, las vividas, incluso las imaginadas— porque nos hemos convertido en héroes perezosos.

Hernán Casciari

viernes, 11 de abril de 2008

Mientras estés dormida

CONFESIÓN DE PERIODISTA. 'He sido muy racional toda mi vida y si pasaba algo era absoluta responsabilidad mía. Desordenada, pero responsable. Obsesiva con el trabajo siempre he sido, pero necesito la presión encima. Debe ser una especie de masoquismo. Me gusta meter el gol en el último minuto'.";

CÓMPLICES. Jimena era una rendida admiradora de Mario Vargas Llosa. Su esposo Juan Carlos la acompañó en todas sus militancias."

AMIGOS. Durante cinco años Jime fue una voz aguda y firme en el equipo de Contracorriente. Permítannos la licencia de decir: Ya te estamos extrañando."

IN MEMÓRIAM. El último texto que escribió Jimena Pinilla Cisneros fue la historia de un cazador de nazis que se creía Dios. Fue uno de los muchos relatos de una periodista apasionada que luchó hasta lo último por la vida. Lo que sigue es un recuerdo apretado de las imágenes que nos dejó. Disculpen la tristeza.

He sentido a la muerte cerca, muy cerca. Confieso que hubiera preferido mantenerla como una idea abstracta, que no me respire en la nuca ni me visite tan seguido. Pero su cercanía ha hecho que la vea como una realidad inexorable. Quizá, una de mis pocas certezas.(*)

Había una contradicción en ese cuerpo frágil que encerraba un espíritu de fuego. Jimena tenía 36 años, pero había vivido lo que alcanzaría para varias vidas. Era una periodista que se resistía a la precariedad de su salud. Alguna vez quiso ser publicista, pero al final tuvo la impresión de que dedicar sus fuerzas a vender productos resultaba un poco frívolo. Ella quería estar en contacto con la gente, sentir el pulso de los días. El periodismo fue su ruta natural.

Una vez le preguntaron qué era lo más duro de la profesión que había escogido y su respuesta no pudo estar mejor encarnada en quien la pronunciaba: "Un abogado se va de vacaciones y se olvida de las leyes, si un periodista pasa al costado de un accidente probablemente va a voltear para mirar qué pasó y si hay un atentado querrá estar en el lugar. En realidad nunca paras". Lo sabía bien a pesar de que sus compañeros de trabajo la regañaban para que no saliera a comisiones que pusieran en riesgo su salud. De haber sido por ella, se habría mandado mudar a la primera guerra que se presentara.

La muerte no tiene cara de mujer. Es más, no tiene cara de nadie. He estado cerca de ella y nunca le vi forma humana ni divina. Ni paz ni luz al final de un túnel oscuro. Ni guadaña ni cuerpo de esqueleto con capucha negra. Pelear contra esta fuerza sin forma ha sido para mí como vencer el sueño. Conseguí, gracias a no sé qué pacto, una tregua para seguir despierta. La vigilia se parece mucho a la vida, será por eso que me cuesta tanto echarme a dormir, me pregunto ahora cuando le gano horas a la noche para convertirla en una cómplice leal que no me traicione cuando cierre los ojos.

En compensación a sus restricciones físicas, Jimena poseía una mente rápida y contundente como una daga camino al blanco. "Con conocimiento de causa, debo decir que el ser humano así como todo lo aprende, todo lo pierde si no lo usa", escribió en el texto introductorio de "Me he sentado a caminar" (2003), un libro que recopila sus mejores entrevistas y crónicas publicadas en el diario El Comercio.

Una tarde de hace dos años, Miguel Ángel Cárdenas se sentó a su costado por primera vez. "Jorge Eduardo Eielson merece el Premio Nobel para Perú antes que Vargas Llosa", le murmuró casi como presentación sin saber las consecuencias: le dio taquicardia en los ojos, sintió arcadas en las manos y sus labios sulfuraron. Para Jimena, Mario Vargas Llosa era un santo agnóstico. Ella tenía tótems intocables y quien los profanaba se exponía a sus devotas discusiones. El amago de cólera se le pasaba enseguida, cuando se volvía consciente de su exacerbación y ya después --cuando uno se acostumbraba a sus apasionamientos-- era un reto y un inacabable placer 'picar' a esta mujer inteligente y desafiante con la que era un deleite conversar y aprender.

Fue esta meningitis la que destapó la olla. Tenía una enfermedad genética con nombre de trabalenguas: agamaglobulinemia. Por largo y complicado, parece inofensivo el nombrecito ese, pero soy testigo de sus maldades. Pocas defensas para protegerme de infecciones y virus galopantes. Esta vez, un travieso meningococo se me había metido al pulmón y sin nadie que lo marcara, el inquieto bichito había saltado hasta el cerebro. Una vez me dijeron que yo era como si metieras el motor de un carro Mercedes en la carrocería de un Tico.

Jimena era la más cerebral y huracanada fanática crema. ¿Por qué la 'U' y no Alianza Lima?, le preguntaban cuando se enteraban de su pasión futbolística. Y uno que esperaba una respuesta filosófica terminaba estrellado con su emotividad: "Porque mi abuelita era de la 'U' y las aficiones siempre son herencia". Después de su punto final siempre describía a la mamá de su mamá que se murió muy vieja y que solía escuchar los partidos de la radio, callando a todos para no perderse ningún detalle. Si la U perdía era por culpa del árbitro o del clima, nunca por el equipo. Lo mismo pensaba Jimena que postergaba reuniones si es que se jugaba un clásico o un partido de la selección del Perú.

Pero no solo su pasión por la 'U' marcó su vida. El amor por su flaco estaba por encima de todo y de todos. "Es un ancla importantísima. Es mi ángel", decía de Juan Carlos Belaúnde, a quien conoció en la Universidad de Lima. Él estudiaba Derecho, ella Ciencias de la Comunicación. Al 'galán de la pileta', que era como lo llamaba en privado, lo conquistó a punta de persistencia. Jimena reía cada vez que contaba como el 'pavo' de su marido no se daba por enterado de sus afanes. Ni siquiera cuando horneó unos 'brownies' por su cumpleaños, ella que ni sabía preparar un huevo frito. "Yo creía que el matrimonio era más complicado", aclaraba cuando repasaba su relación.

Amaba a Juan Carlos por su alegría permanente, por su pensamiento positivo. Y cada vez que Jimena despertaba de algún susto clínico, su fiel abogado estaba al pie de su cama junto a su madre Teresa y su corte de hermanos contándole las mil y una peripecias que pasaron mientras ella dormía. No tuvo hijos y quizá eso era lo que más le dolía, pero no le hizo falta. A cambio ganó un tropel de amigos incondicionales que le hicieron llevaderos los tormentos.

Si alguien se abatía por Jimena enferma, bastaba ver a Juan Carlos con la espada desenvainada para mantener la esperanza. Y tanto era su empeño que la penúltima vez convocó a los amigos más íntimos para hurdir la creación del libro recopilatorio. Ayer le cumplió la palabra. La despidió escuchando a Joaquín Sabina y conversando con los amigos que de tanto conocerla comprendieron que el cariño de Jimena se podía ganar o empatar, pero nunca perder. Si te lo ganabas, ella era capaz de hacer llover sables para protegerte. Eso era lo más encantador: que pese a su salud vulnerable y volátil, ella quería cuidar y no ser cuidada. El mayor tormento de Jimena, que había estado tantas veces cerca de la muerte, no era morir precisamente. Le asustaba más la partida de los que amaba que la suya propia.

Me habían dormido con morfina, me enteré después, de ahí esas luces psicodélicas que me nublaban la vista cuando intentaba despertarme. Había sufrido una seria infección y mientras mis pulmones se negaban a responder, todos los días aparecían en las radiografías con su peor sonrisa: borrosos, manchados e infectados, mi mente se encargó de inventar historias y personajes. Intermedios se llamaba la sala donde estuve a punto de morirme por tercera vez a los 33 años. Por cierto, un nombre muy apropiado para mi situación, retenida en un punto medio entre la vida y la muerte.

Una vez le preguntó a Chavela Vargas si le gustaba disparar sus pistolas. "Sí. Cuando hay un ruido raro, antes de preguntar yo disparo", le dijo la voz más dolorosa de Costa Rica. En Jimena el proceso era inverso: los disparos eran sus preguntas, por inquietantes o reveladoras. Luciano Benetton, el mundialmente famoso diseñador italiano, se ruborizó hasta taparse la cara con las manos cuando ella le preguntó cómo se había animado a posar desnudo. El polémico historiador Pablo Macera le contestó que la mentira más grande del siglo XX había sido la democracia. El presidente de la transición democrática Valentín Paniagua le confesó que si se llevaba bien con los jóvenes debía ser porque se sentía un abuelo no realizado, le faltaban nietos. En 1999 realizó una serie de entrevistas temáticas --junto con Julio Villanueva-- bajo el rótulo "El siglo en dos mil palabras". Se trataba de explicar, en diálogos con personajes destacados de diversas áreas, cómo había tropezado el mundo en ese tiempo. Podía notarse su afán por agotar los temas: cada personaje la llevaba a bucear en su vida hasta encontrar el último detalle, el cabo suelto final que le permitía comprenderlo. Solo entonces, cuando los entrevistaba, sabía por dónde indagar.

Jimena abordaba con la misma pasión a todos sus personajes. Podía ser la historia de amor en penumbras de una pareja de ciegos o el talento insomne de un niño pintor con síndrome de Down. Podía descubrir la sorprendente vida de un hombre que puso inyecciones durante 35 años o las mañanas atribuladas de dos ancianos vecinos a una cárcel, desde cuya casa se veía llegar en helicóptero al hombre más corrupto del Perú. Tenía una debilidad por los artesanos. El maestro retablista Jesús Urbano lloró con ella al contarle su historia y terminó invitándola a su cumpleaños. El pueblo de Sarhua, famoso por sus tablas pintadas, se sorprendió de verla llegar el año pasado con un balón de oxígeno para conocer su arte. Ayer, en su sepelio, el sonido de la gratitud se escuchó en quechua.

Hay quienes se afanan en encontrar razones divinas en mi recuperación y admito que la última vez hubo todo un conciliábulo celestial alrededor mío. Me envolvieron con la auténtica manta del Señor de Luren traída de Ica, me bendijeron con las lágrimas de la Virgen del Niño venidas desde Colombia, me estamparon la estampita de monseñor Escrivá en el velador y hasta hubo quien me quiso llevar danzates de tijeras para que me limpiaran de males. Pero, aunque suena a hereje o a ingrata, creo que estoy viva por razones más terrenales. Siempre me hablan de mi fuerza, pero eso no me convence, porque no creo que sea yo la fuerte. En todo caso, los fuertes son todas esas personas a mi alrededor que se han negado a dejarme morir. Si cabe una metáfora futbolística, es como si jugara siempre con un estadio repleto de personas haciéndome barra. En un escenario así sería incomprensible dejar de luchar.

(*) FRAGMENTOS DE "TESTIMONIO DE UNA SOBREVIVIENTE". JIMENA PINILLA. REVISTA "DIEZ". UNIVERSIDAD DE LIMA. NOVIEMBRE DEL 2004.

Miguel Ángel Cárdenas
M.David Hidalgo Vega
Milagros Leiva Gálvez