jueves 24 de septiembre de 2009

Las Palabras - Pablo Neruda



Sí. Definitivamente. Creo haber encontrado en este escrito la mejor descripción de lo que yo siento por ellas.

Bendito mi idioma: El Castellano.


Sol




Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan. Me prosterno ante ellas. Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito. Amo tanto las palabras… Las inesperadas, las que glotonamente se esperan, se escuchan, hasta que de pronto caen. Vocablos amados. Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras.


Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema. Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas. Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto. Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola…


Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se transladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció. Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces. Son antiquísimas y recientísimas. Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada…


Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos. Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo. Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra…


Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… El idioma.


Salimos perdiendo… Salimos ganando. Se llevaron el oro y nos dejaron el oro. Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.

martes 8 de septiembre de 2009

Un poco de ternura... (dedicado a mi madre)



Han pasado casi nueve años desde que mi madre se me fue y hoy recibí este regalo que removió mi conciencia pues recordé como si fuera ayer que nunca comprendí a cabalidad lo que le estaba ocurriendo. Quizá, como un mecanismo de defensa, no quería darme cuenta de que se me estaba yendo y que ya nunca más la escucharía decirme: "Hola mi muñeca, ¿cómo estás?". No tuve el valor de intentar recuperar el tiempo que me quedaba de su lucidez y no supe tratarla con todo el amor del mundo, que nunca será mayor al que yo recibí.

Si con este video puedo lograr que cambie la actitud de quien como hijo esté viviendo algo así con alguno de sus padres, creo que habré pagado un poquito de aquella incalculable factura que tengo con la vida que ella me dio.

Sol O'Connor

martes 21 de julio de 2009

Botella al mar para el dios de las palabras


A mis doce años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: ¡Cuidado! El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: ¿Ya vio lo que es el poder de la palabra? Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor, que tenían un dios especial para las palabras.

Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor.

No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.

La lengua española tiene que prepararse para un ciclo grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de diecinueve millones de kilómetros cuadrados y cuatrocientos millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras hispánicas en los Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo "pasar" tenga cincuenta y cuatro significados, mientras en la república del Ecuador tienen ciento cinco nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aún no se ha inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero, dijo: "Parece un faro''. Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazó un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que Don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es el color de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cereza que sabe a beso?

Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo veintiuno como Pedro por su casa.

En ese sentido, me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los ques endémicos, el dequeísmo parasitario, y devolvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?

Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas arrojadas a la mar con la esperanza de que les lleguen al dios de las palabras. A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos nosotros terminemos por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a tiempo aquella bicicleta providencial de mis doce años.

[Declaraciones de García Márquez para La Jornada, México, 8 de abril de 1997]

lunes 8 de junio de 2009

FedeRey


De pie, señores. Su Majestad, Roger Federer, completó su obra más imponente, la que nadie olvidará: ganó por primera vez Roland Garros, el único Grand Slam que le faltaba, e igualó el récord mundial de 14 títulos de la máxima categoría. ¿Qué más se le puede pedir? Nada. O muy poco, según las exigencias de cada uno. El relojito suizo volvió a funcionar a pleno y le puso la frutilla al postre, ratificando ser el mejor tenista de la historia. Sin ninguna duda.
Al grito de "Roger, Roger, Roger...", el público parisino le tributó una ovación de esas que conmueven hasta las lágrimas. Y no solo a él, a su grupo de trabajo, a sus familiares y a sus millones y millones de fanáticos, sino a muchísimos otros que vieron, en el mundo entero, cómo ese extraordinario talento consumó la hazaña por la que tanto sufrió y por la que tanto soñó. Como nunca antes y, probablemente, como nunca se repita, todos se rindieron a sus pies.
Cuántas cosas hay para contar, para analizar y para demostrar por qué ya se lo considera el más grande de todos los tiempos. Por eso los elogios de Andre Agassi en la premiación, al entregarle la Copa de los Mosqueteros, y también las felicitaciones de Pete Sampras y de Rafael Nadal, su archirrival. Los mismos que se suman a otros monstruos que lo admiran, como Björn Borg, Rod Laver y John McEnroe. Y siguen las firmas...
Así en el deporte como en la vida, dos frases son famosas por aquello de apoyarse en el sacrificio, de nunca claudicar en la lucha y en los sueños, de intentar y ser perseverante. Hoy, más que nunca, Federer entiende que "el que busca, encuentra" y "querer es poder" son el fiel reflejo de lo que tanto insistió y se esmeró por alcanzar. Es que consiguió dos marcas que lo ponen en otra dimensión, en la de los máximos genios, con esa aureola propia de los elegidos.
Roger se iluminó, como nunca antes, en la Ciudad Luz y logró una proeza titánica en la lenta arcilla parisina. Y lo hizo por partida doble. Es que se convirtió en el sexto varón en ganar al menos una vez cada uno de los cuatro torneos de Grand Slam y empató el récord de Sampras, de 14 títulos de ese calibre. Como si fuera poco, igualó a Agassi, otro héroe estadounidense, al ser el segundo en obtener los cuatro Mayors en cuatro superficies diferentes.
Por eso, los organizadores del Abierto de Francia no tuvieron mejor idea que convocar a Agassi para darle el trofeo, ya que fue él, hace justamente diez años, en el mismo estadio, el último en haber alcanzado esa hazaña, completando el cuarteto más soñado del tenis. Por eso, todos reconocen el inmenso valor de lo conseguido por Federer. Y no es casualidad que Sampras afirme que "si alguien se merecía esto, ese era Roger".
Lo mismo, exactamente, lo admitió Nadal, esa muralla española dueña de la mejor defensa y que mejoró en el rubro agresividad, quien había frenado el gran sueño parisino del suizo en las finales de los tres años anteriores. Esto deja en claro ya no sólo la inmensa calidad tenística de Federer, sino también su estatura humana, aún cuando jugando parezca un extraterrestre, ya que ninguno lo envidia y todos esperaban esta proeza inolvidable.
En un deporte tan individual y egoísta como el tenis, este tipo de gestos no hacen más que enaltecer la figura de Federer, ese atleta tan ejemplar, dueño de un estilo sumamente completo, vistoso, dúctil y ofensivo, sustentado en un saque tan letal como oportuno, una derecha prodigiosa y un juego de altísima regularidad en todas sus facetas, con una excelente lectura de lo que hacen sus rivales, una movilidad sensacional para estar siempre bien ubicado y encima de la pelota y una genial capacidad resolutiva.
¿Qué más se le puede pedir? Ah, como si algo le faltase, tiene una mentalidad ganadora y positiva, que suele ser contundente, en la que se apoya para ser casi siempre la sombra negra de sus rivales. Claro que podrá aparecer alguno que diga, y con certeza, que Nadal le gana seguido, al punto de que venía de derrotarlo en las finales de Roland Garros y Wimbledon del 2008 y este año en la de Australia.
Esta vez, ese Nadal que parecía imbatible en polvo de ladrillo y que buscaba su quinta corona al hilo en París se encontró con el durísimo pegador Robin Soderling, que lo eliminó, ante el asombro de todos, en los octavos de final. El sueco siguió haciendo ruido, afirmado en su potentísima derecha, y trepó a su primera definición de un Mayor. Pero allí se encontró con Federer, nada menos, que le tiró la camiseta. Sí, literalmente.
Aún cuando se sabía todo lo que había en juego, que el helvético afrontaba el partido más importante de su vida, arrasó con Soderling en el primer set. Ya cuando el trámite fue parejo, el suizo disputó, como él aseguró, "mi mejor tie-break". Con esa ventaja de 2-0 en sets, siguió con el pulso firme y selló su victoria más mentada en tres parciales, para terminar arrodillado, llorando como un niño, en ese rojizo polvo parisino, el póstumo del planeta.
Muchos -seguramente casi todos- creyeron hasta hace un mes, incluido el propio Federer, que esta vez no podría sacarse la espina que tenía clavada, la de ganar finalmente el Abierto de Francia. Es que venía perdiendo con Nadal, había cedido el puesto N° 1 del ránking y llevaba meses sumando derrotas antes increíbles y con pocas alegrías de las grandes. Pero venció con autoridad al español en la altura de Madrid y empezó a creérsela, en el mejor de los sentidos.
En pleno Roland Garros, ya siete días antes de su consagración, Soderling abrió el cuadro dejando afuera de carrera a Nadal y allí todos supieron que podían tener una oportunidad única. Enseguida, el rótulo de gran candidato pasó a manos de Roger. Y él, como un auténtico grande, así lo entendió y lo reconoció, ya con la copa en su poder. "Sabía que el día que Rafa no estuviera en la final, yo estaría aquí y la ganaría", dijo feliz. Y vaya si lo consiguió.
En el mismo torneo que dos latinoamericanos hicieron de las suyas, llegando el argentino Juan Martín del Potro a ponerse 2-1 en sets contra Federer en semis y el chileno Fernando González levantando un partido heroico ante Soderling en la otra semifinal y desaprovechando una ventaja de 4-1 en el quinto capítulo, más que nunca el suizo hizo historia con ese sello indeleble de los consagrados. Y así eclipsó a los demás colegas.
Es cierto que Federer sufrió más de la cuenta para llegar a esta final, que había perdido seis sets en los seis triunfos previos, pero siempre supo imponerse gracias a su mentalidad ganadora. Es que, pese a lo que algunos creen, el helvético se hizo más fuerte que nunca en la adversidad. Y el caso más llamativo y dramático lo vivió en octavos, cuando caía 2-0 en sets ante el alemán Tommy Haas y sacaba 3-4 y 30-40. Allí conectó una derecha invertida terrible y todo cambió. Fue su click.
Por entonces, ya con Nadal afuera, Federer sabía que el peso del favoritismo podía ser una mochila molesta de llevar. Pasó luego algunos apuros contra Del Potro, pero tuvo frialdad, variantes y estrategias apropiadas, gracias a su gran inteligencia táctica, para sortear los distintos obstáculos que se lo pusieron por delante. Por eso, el tenis hizo justicia y, como la inmensa mayoría quería, el suizo saldó su única deuda.
A dos meses de cumplir 28 años, este diestro supercompleto, en ciertas ocasiones criticado por ser frío a la hora de algunos festejos, concretó el sueño de conquistar también Roland Garros, ese anhelo que tantos exponentes de un tenis ofensivo y agresivo se quedaron sin lograr, llámense los Sampras, McEnroe, Connors, Becker y Edberg. Además, igualó el récord de 19 finales de Grand Slam que llegó a disputar el checo-norteamericano Ivan Lendl.
En menos de seis años, desde Wimbledon 2003, Federer ganó 14 definiciones de Mayors y perdió cinco, con una efectividad asombrosa. Y pese a que Nadal lo superó en el ránking, donde ahora el suizo, su escolta, se le acercó gracias a esta victoria, no cesó en la lucha. Eso lo hace aún más grande todavía. Es más: logró estos 14 títulos sobre 40 Grand Slam jugados, mientras que Sampras consiguió esa cifra en 52 participaciones, ya con 31 años y tras casi 13 temporadas entre la primera y la última coronación.
Sólo dos hombres, el estadounidense Donald Budge, en 1938, y el australiano Rod Laver, en 1962 y 1969, pudieron obtener los cuatro grandes certámenes en la misma temporada, pero quién les quita lo bailado a Agassi, Federer, el inglés Fred Perry y el australiano Roy Emerson, quienes también ganaron los cuatro Mayors, aunque en distintos años. Por eso, el suizo hizo historia y el mundo se rinde a sus pies.
Ahora, indudablemente, se sacó un enorme peso de encima y es evidente que podrá intentar en Wimbledon superar a Sampras, si logra adjudicarse su 15° Grand Slam. Hasta ahora, Federer sumaba cinco coronas en Wimbledon, cinco en el US Open y tres en el Abierto de Australia, mientras que con esta en Roland Garros mejoró la calidad de lo hecho por Sampras, ya que el estadounidense nunca conquistó París.
Así, se entiende que Roger, dueño de 59 títulos en total, diga que "ya puedo estar tranquilo, por fin gané Roland Garros. Esto me quita mucha presión y ahora puedo jugar en paz por el resto de mi carrera". Eso, sin dudas, puede resultar letal para sus rivales. Feliz, redobla la apuesta consigo mismo y con la historia. Hoy, Federer, recién casado y en camino a ser papá por primera vez, se hizo el mejor de los regalos. Se lo tenía bien merecido. De pie, señores, su Majestad tocó el cielo con las manos.

Buenos Aires.
Gustavo Goitía es editor de ESPNdeportes.com. Es periodista especializado en tenis desde 1989, y se desempeñó como redactor en los diarios La Nación, Clarín y en el deportivo Olé, todos de Buenos Aires; además fue comentarista en el canal TyC Sports. Consulta su archivo de columnas.

lunes 6 de abril de 2009

Espárragos contra el cáncer


Espárragos Vs. Cáncer



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viernes 27 de marzo de 2009

NADA PUEDE DETENERTE

video

Edición: Sol O'Connor

Crédito: Xpanssion Caal - Youtube

martes 3 de marzo de 2009

Buenos deseos

Hoy es 3 de marzo de 2009. Nací hace 48 años y he tenido la suerte de recibir muchos saludos cariñosos. Sin embargo, no puedo dejar de compartir estos deseos que una amiga querida me envió por esta bendita vía que es internet. Estoy segura de que le vendrán bien a todo aquel que los lea.
"Que no tropieces en tus caminos, que tus cielos estén despejados, que siempre oigas la música del aire, del mar y de los pájaros. Que tu vida transcurra tranquila y suave, como un arroyo donde uno quiere sentarse en la orilla y ver las mariposas y los picaflores mientras huele la menta y ve plateados pescaditos... Que no te toquen olas torrentosas, truenos, relámpagos y tempestades desatadas tirando árboles y nidos... Que cuando salgas de tu casa esté el aire tibio. Que en tu jardín haya hadas y duendes, flores, y esté todo verde... Que las guerras no te toquen".

Gracias, María Angélica, tus lindos deseos llenaron mi día.